La vida no siempre necesita propósito

Sí, leíste bien: la vida no siempre necesita un propósito.

Y no significa que no debamos tener uno, sino que tampoco es malo no tenerlo o encontrarse en la búsqueda.

Vivimos en una época que nos exige demasiado: ser felices, ser exitosos, ser apasionados, sentirnos realizados… todo el tiempo.

Y si no lo somos, sentimos que algo está mal con nosotros.

La cultura de la exigencia

La cultura actual fomenta ideas peligrosas:

  • Si tu trabajo no te apasiona, estás en el lugar equivocado.
  • Si no tenés un propósito claro, estás desperdiciando tu vida.
  • Si aún no lograste ciertas cosas, vas tarde.

Entonces aparece algo que escucho seguido en sesión:

“Estoy bien… pero siento que debería estar mejor.”

¿Mejor en relación a qué? ¿O mejor dicho… a quién?

El compararnos constantemente no nos lleva a ningún lado. Más bien nos conduce a la autoexigencia, la desmotivación y el autosabotaje.

El impacto en nuestro cuerpo

Cuando vivimos con la idea constante de que “deberíamos estar mejor”, nuestro cerebro interpreta esa exigencia como una amenaza.

El sistema de estrés se activa, el cortisol sube y el cuerpo se prepara para defenderse.

El cortisol sostenido reduce la actividad del hipocampo, área clave para aprender y tomar perspectiva. Por eso, cuando vivimos comparándonos o exigiéndonos de más… nos cuesta más pensar y ver otros escenarios.

El problema no es la falta de propósito

El problema es creer que el propósito tiene que ser enorme, claro desde el día uno y apasionante todos los días. La realidad es que eso es una utopía.

La verdadera trascendencia empieza en lo cotidiano:

  • dejar de compararte por un rato,
  • aprender algo nuevo aunque sea lento,
  • iniciar eso que querías hace tiempo pero no te animabas por miedo a “no lograrlo”.

El sentido no siempre aparece como una misión gigante. A veces aparece siendo más realistas y viviendo más en nuestro presente.

Te comparto una herramienta para comenzar a practicarlo.

Herramienta práctica

La próxima vez que te escuches pensando: “Debería estar mejor”, frená y preguntate:

  • ¿Mejor en relación a qué?
  • ¿Quién definió ese estándar?
  • ¿Qué evidencia tengo de que estoy “atrasado/a”?

Muchas veces no estamos mal. Estamos comparándonos. Y el cerebro no distingue entre una amenaza real y una exigencia constante: si cree que estás fallando, activa el modo supervivencia.A veces no necesitás encontrar un gran propósito. Necesitás dejar de tratarte como si estuvieras perdiendo una carrera que nunca elegiste correr.

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